Diario de viaje a Madagascar

Diario de viaje a Madagascar

En julio de 2015 Imanol y yo nos casamos tras 8 años de noviazgo. Fue una boda preciosa y emotiva, rodeados de nuestros familiares y amigos, que siempre recordaremos con mucho cariño. Dos días después de la boda emprendimos nuestro viaje de luna de miel a Madagascar. Agarramos nuestras mochilas y nos embarcamos en una aventura que hoy recordamos como una de las mejores experiencias de nuestra vida.

¿Por qué elegimos Madagascar? Nunca habíamos visitado África y Madagascar nos atraía especialmente por su fauna y su flora tan diferente y única en el mundo. Queríamos ver los famosos lemures, las selvas, los camaleones, las ballenas, los arrecifes de coral… un sinfín de tesoros naturales que ofrece esta isla. Habíamos visto guías de viaje, foros de internet, documentales de TV… y teníamos ya más o menos una idea de lo que allí podíamos encontrar. Habíamos leído también que era un país muy pobre y pretendíamos visitar varias ONG para aportar nuestro pequeño granito de arena.

Cuando llegamos al aeropuerto de la capital, Antananarivo, lo primero que nos llamó la atención fue la amabilidad con la que nos trataba el personal sin importar su rango (policías, personal de atención al cliente, ciudadanos de a pie). Todas las personas nos hablaban con delicadeza y con una sonrisa en la cara. Es curioso porque cuando regresamos a nuestro país hicimos escala en París y lo primero que nos llamó la atención fue justamente lo contrario. Las malas formas con las que te despacha el personal que trabaja en el aeropuerto, que anda siempre malhumorado y que te coge el pasaporte sin mirarte a la cara. Por algún extraño motivo parece que dinero y felicidad no son del todo compatibles, quizás porque vivimos en una sociedad inconformista que no aprecia lo que tiene y ha perdido sus valores. Y lo triste es que estamos tan acostumbrados a que se nos trate mal que cuando nos topamos con alguien que tiene algún tipo de consideración con nosotros nos sorprende. Qué pena, con lo poquito que cuesta sonreír y el bien que nos hace.

Recuerdo nuestros primeros instantes en Tana (que así se le llama a Antananarivo). Atravesamos en taxi un barrio cercano al aeropuerto para llegar hasta nuestro hotel. Nunca en nuestras vidas habíamos visto semejante pobreza. Personas que aparecían por todas las esquinas, descalzas, sucias, caminando a un lado de la calle, sentadas en el suelo o asomadas a las puertas de sus chabolas. Puestos callejeros con comida, carros de cebúes cruzando, gallinas corriendo sueltas por la “carretera”, que más bien era una pista de tierra con baches… niños por todas partes, muchísimos niños. Mayores y pequeños trabajando, cargando en sus cabezas sacos de un lado a otro, o ladrillos, o cualquier cosa que te puedas imaginar. Por mucho que lo intentas es imposible captar todo lo que ocurre al mismo tiempo, es un ritmo incesante y frenético.

Madagascar 3

Es muy difícil describir con palabras los sentimientos que vivimos en aquel momento. Podría decir que literalmente se me partió el alma en dos. Por mucho que sepas que vas a ver pobreza, nunca estás preparado para ello. La realidad te golpea como un martillo y te genera muchísima impotencia, rabia y ganas de llorar. Las miradas de las personas se te quedan grabadas para siempre. Sin decir nada te llegan al corazón. Y comienza una batalla en tu interior en la que te haces millones de preguntas sin respuesta, en la que te niegas a ti mismo, y tratas de asimilar quién eres y cuál es tu sitio para no desmoronarte. Te aborda un sentimiento real de culpabilidad por vivir en un mundo de lujos y comodidades mientras otros trabajan de sol a sol para lograr comer algo de arroz. No es justo. Nosotros somos culpables y somos responsables por permitir que todo esto ocurra. Tenemos la obligación moral de ayudar sin ponernos excusas. No vale decir que ayuden los ricos que tienen más dinero. No somos conscientes de lo ricos que somos y de lo mucho que podemos hacer con nuestra ayuda.

Aquella primera impresión tan fuerte y tan dolorosa no hizo más que confirmarse en el resto de nuestra estancia en el país. Y fue muy chocante ver el contraste que existe entre ricos y pobres. Puedes ver personas y niños en la calle y de pronto un portón enorme que se abre y aparece una casa monumental con jardín y garaje. Puedes ver niños descalzos  jugando con latas o trozos de neumático y de pronto un restaurante exclusivo con patio interior y piscina. La cruda realidad es que los pobres son alrededor de un 90% de la población frente a un escaso 10% de ricos. Pobres muy pobres. Ricos demasiado ricos.

Tana es una ciudad caótica, sucia, contaminada y atestada de gente. El aire huele a tubo de escape, hay coches por todas partes y la gente tira la basura en cualquier lado. Está superpoblada y además es muy peligrosa, sobre todo por la noche, porque no hay alumbrado en las calles y pueden robarte o incluso atacarte. Un primer vistazo a la capital del país ya te hace tener una idea muy real del abandono que sufren Madagascar y sus gentes. El abandono de un gobierno corrupto al que no le importa que su gente pase hambre, que sufra enfermedades porque no hay agua potable, que no tenga acceso a sanidad o que sea analfabeta, que los niños sean explotados o las niñas terminen en la prostitución. El abandono de los propios habitantes que sobreviven como pueden y no se revelan por miedo a perder lo poco que tienen. Y en medio de todo este caos y este desorden injusto, la alegría con la que viven estas personas que no tienen nada y que sin embargo parecen haber descubierto la verdadera clave de la felicidad.

En Tana tuvimos nuestro primer contacto directo con Acción Baobab. Habíamos intercambiado algunos emails con ellos desde España y les llevábamos una maleta con algunas cosillas que podían ser de utilidad como ropa y calzado, material escolar o móviles viejos que habíamos reunido gracias a la colaboración de familiares y amigos cercanos. Nos recibieron con los brazos abiertos y nos invitaron a visitar La Casa de los Niños, un proyecto precioso de educación de niños y niñas sin recursos en una escuela de un barrio de Tana, Ilanivato, uno de los más humildes de la ciudad. Podemos decir que después de visitar muchos lugares increíbles en Madagascar, conocer a esos niños fue una de las experiencias más bonitas que hemos vivido en nuestro viaje.

Recuerdo nuestra sorpresa al entrar por la puerta de la escuela y encontrarnos a todos los niños dándonos la bienvenida en el patio con esas miradas y esas sonrisas tan tiernas y cantando en francés todos al unísono, como si llevaran meses esperando con ilusión nuestra llegada. Desde el primer segundo los niños nos regalaron muestras de cariño incondicional y conquistaron nuestros corazones. Recibimos mucho más de lo que dimos. Cantamos y bailamos con ellos en corro, primero bailes tradicionales suyos y después les enseñamos algunos bailes de nuestra tierra. El entusiasmo y la alegría de los niños te llena por dentro y te inspira muchísima ternura. Nos miraban con una mezcla de curiosidad, cariño y asombro, como si fuéramos unos superhéroes de otra galaxia. En cierto modo, supongo que lo somos. Vivimos en una galaxia completamente diferente, aun estando en el mismo planeta. Pero los héroes son ellos, y nosotros ¡tenemos tanto que aprender de ellos!

Al momento de la despedida los niños se abalanzaron sobre nosotros y nos cogían del brazo, del pelo, de la pierna… decenas de niños abrazándonos por todas partes como si quisieran no soltarnos nunca, con un cariño y una entrega que jamás he visto antes. Nos despedimos y un pedacito de nosotros se quedó con ellos, y deseamos con un nudo en la garganta un mejor futuro para ellos y una vida feliz. Es importantísima la labor que realiza Acción Baobab así como otras ONG que visitamos posteriormente. Es admirable el trabajo y el gran cambio que están llevando a cabo, poniendo su vida al servicio de los demás y trabajando cada día con pasión y entusiasmo. Tienen un corazón que no les cabe en el pecho.

Nuestros primeros días en Madagascar también se vieron afectados por algo que siempre sorprende a quien viaja a este país. La pésima gestión de la compañía aérea Air Madagascar. En un país en el que sólo hay una carretera medianamente asfaltada (la RN-7) que va de Tulear a Tana, y en el que los trayectos son largos y difíciles, se hace necesario para el turista contar con un servicio de vuelos internos que cubre exclusivamente esta compañía. Esta exclusividad hace que dispongan de precios abusivos, y que cambien horarios o cancelen vuelos cuando les apetece, a veces incluso sin avisar. Por si fuera poco, a nuestra llegada descubrimos que estaban en huelga y cancelaron nuestro vuelo tres días consecutivos hasta que por fin al cuarto día, pudimos volar a Tulear.

En Tulear visitamos la ONG Bel Avenir, que lleva a cabo muchísimos proyectos en esta región y también en el centro del país (en Fianarantsoa). Tienen muchísimas escuelas donde alfabetizan a los niños a cambio de un plato de comida, residencias de niñas, grupos culturales y deportivos, granjas escuelas donde enseñan a los jóvenes cómo cultivar la tierra o cuidar del ganado, un hotel solidario en Mangily para reinvertir las ganancias en las instalaciones de la ONG, etc. Es un megaproyecto que inició un matrimonio hace 12 años con una escuela pequeñita y ha ido creciendo gracias al trabajo y entusiasmo de muchísimos voluntarios hasta convertirse en lo que es hoy. Es realmente impresionante ver cómo los sueños pueden transformar el mundo cuando uno cree de verdad en ellos y pone su esfuerzo y su corazón en esa causa, por imposible que parezca.

Desde Tulear iniciamos la ruta por la RN-7 hasta Tana utilizando como medio de transporte el taxi-brousse, que es una especie de furgoneta que utilizan los locales para desplazarse, a falta de autobuses regulares, y resulta toda una experiencia para los viajeros. Sólo los turistas más atrevidos viajan en este tipo de transporte. La mayoría alquilan un 4×4 con conductor incluido para moverse por el país. Nosotros queríamos conocer todos los aspectos de la realidad de este país, y viajar en taxi-brousse era uno de ellos. No podemos decir que sea cómodo, pero es una experiencia que nosotros recomendamos.

Viajar en taxi-brousse significa viajar totalmente apretado (hueso con hueso) con el resto de pasajeros, a veces con suerte en un asiento, otras veces quizás en un bidón de plástico, en una furgoneta vieja y descacharrada que a veces no tiene ventanas, tiene goteras o la puerta rota. Significa viajar junto con 25 personas en un cacharro que tiene espacio teórico para 15 y que quizás tu compañero de asiento sea una gallina o un saco de paja o cualquier cosa que te puedas imaginar. Significa poner tu vida en manos de un conductor que toma las curvas y los baches de una carretera de montaña mal asfaltada como si estuviera en un circuito de fórmula 1 mientras algunos de tus compañeros de asiento vomitan por el mareo. Y significa también sentir el calor humano, entablar conversaciones con los locales, compartir un paquete de galletas con ellos o aprender a contar en malgache del 1 al 10. Significa ponerse por un momento en su piel y en el día a día de sus vidas para entender y valorar más y mejor las nuestras. Significa pasar frío, pasar calor, terminar con dolor de piernas o de rodillas porque no hay espacio y el asiento de delante se te clava, pasar miedo cuando de pronto el taxi-brousse se estropea en medio de la noche, y en lugar de llamar a la grúa, terminas realizando un trayecto de 4 horas en 7, sin luces y con una linterna atada al limpiaparabrisas… todo puede pasar y esto te enseña que a menudo en tu día a día te preocupas por tonterías y que aquí inexplicablemente las cosas funcionan y la vida sigue, contra todo pronóstico y por milagroso que a menudo parezca. Significa compartir este viaje que es la vida, sentirse parte de la misma familia humana, cantar, reír, y sentir una libertad infinita de espíritu.

En nuestra ruta por la RN-7 visitamos varios Parques Nacionales de paisajes sorprendentes como Isalo que recuerda al Gran Cañón del Colorado pero con varios oasis de piscinas naturales y manantiales, y Ranomafana y Andasibe con sus selvas exuberantes y sus lémures y camaleones. También conocimos los poblados Zafimaniry entre las montañas, con sus cabañas y sus esculturas talladas en madera patrimonio de la UNESCO, y los últimos días viajamos a la isla de Sainte Marie, un lugar paradisíaco con playas de arena blanca, palmeras y aguas azules.

Sin embargo lo más auténtico de esta RN-7, fue nuestra visita a otra ONG en Fianarantsoa llamada Vozama, donde pudimos visitar un poblado betsileo y una escuela local de alfabetización (una de las 700 que hay), en los bajos de una casa. De nuevo los niños nos llegaron al corazón y también tuvimos ocasión de visitar la casa de la maestra y comprobar cómo viven allí. Es descorazonador ver que no tienen nada más que unos sacos de paja que sirven de cama y un rincón en el piso superior donde ponen la lumbre y cocinan inundando la casa de humo. No tienen chimeneas y utilizan las ventanas para ventilar pero no es suficiente y esto les ocasiona bastantes problemas respiratorios, siendo esto una afección común en todo el país. Es increíble ver que los niños respiran desde que son bebés este humo y duermen allí en el suelo. Y sin embargo sonríen. Me impacta muchísimo ver cómo pueden vivir con tanta alegría en medio de tanta miseria. Supongo que no están contaminados con prejuicios, con envidia, con competitividad, con egoísmo, con aparentar, con tener más que el vecino… supongo que simplemente viven de manera sencilla y sienten de manera sencilla, sin edulcorantes, sin aditivos. Supongo que simplemente respiran, aman y sueñan con el corazón. Ojalá todos aprendiéramos a vivir de esa manera.

Seguramente nos dejemos muchas cosas en el tintero porque podríamos estar horas y horas escribiendo anécdotas de este viaje y es difícil sintetizarlo en unas pocas páginas. Sólo acabar diciendo que ha sido casi tan impactante la ida como la vuelta a España. Sin duda éste es un viaje que nos ha marcado profundamente y enfrentarnos de nuevo a la realidad de nuestro país ha sido difícil. Nunca habíamos comprendido lo que significa un euro al día, agua potable o agua caliente, electricidad en casa, carreteras, un plato de comida… son pequeños lujos a los que estamos acostumbrados y que ni siquiera valoramos o agradecemos porque nos parece muy normal disponer de ellos. Pero no sólo eso. El mundo en el que vivimos es absolutamente ostentoso y superficial. Las tiendas, las marcas, el consumismo compulsivo, las modas, la tecnología… Lo tenemos todo y no valoramos nada. Vivimos y nos dejamos llevar en la creada sociedad del usar y tirar. De vez en cuando me vienen recuerdos como aquel de unos niños jugando con nuestras latas de comida. Aquí los niños se quejan porque quieren que sus padres les compren la nueva consola Play Station. Allí los niños escriben en pizarras de piedra porque no hay cuadernos para todos y se sienten afortunados de poder aprender. Quien tiene un libro tiene un tesoro y lo estudia porque valora el conocimiento. Aquí los niños se quejan porque no quieren estudiar, contestan mal al profesor y rompen y destrozan los libros. Son malcriados, caprichosos y egoístas.

Creo que todos nosotros deberíamos vivir la experiencia de viajar a un país como Madagascar para aprender a vivir de otra manera, a valorar lo que tenemos y a ser más solidarios. Para nosotros ha sido una luna de miel maravillosa, nos ha encantado conocer este país y esperamos poder regresar en un futuro.

Si tuviéramos que definir Madagascar en una palabra diríamos alegría. El sol brilla y el paisaje te regala miles de colores diferentes. La tierra roja, la hierba dorada, los árboles verdes, el cielo azul… los vestidos de colores de las mujeres, los dibujos de las telas, las sonrisas blancas y enormes, los ojos negros, brillantes y profundos… todo en Madagascar late con fuerza como si la vida naciera a cada segundo. Allí todo se comparte, allí se vive en la calle en sintonía con la naturaleza, se trabaja bajo el sol y no existe el singular, la gente se agrupa en corros, en familias, en poblados, porque lo individual no es importante, sino lo colectivo. Allí no existe el estrés ni las prisas, no hay horarios, no hay compromisos. Se levantan y se acuestan con el sol, trabajan la tierra, el ladrillo o la casa, y tienen tiempo de reír y de cantar. Viven, sobreviven, quizás de una manera más auténtica y más natural que nosotros. Conocen los secretos de las plantas, saben bailar alrededor del fuego, dar las gracias y mostrar amor y respeto a los demás. Evidentemente es un modo de vida difícil porque cada día tienen que trabajar para comer. Pasan hambre, pasan sed, acarrean enfermedades. Quizás por eso viven tan intensamente. Quizás por eso sonríen con el corazón, porque cada segundo cuenta. No hay descanso, el corazón late con fuerza y es un cara a cara con la vida. Por eso se entregan sin reservas, por eso lo dan todo, sin exigir nada. Madagascar es transparente y tremendamente humana porque la gente sabe ser feliz con lo poco que tiene. Sabe sentir todo con fuerza, el sol, el sabor, el olor, incluso el frío, incluso el hambre, incluso la tormenta. Es consciente de todo y comprende que no existe más secreto que agarrar la vida con fuerza, sin miedo. Por eso sonríe con el alma y acepta su camino y es consciente de que sus raíces están unidas a una comunidad con quien debe compartir la tierra y celebrar cada éxito y cada fracaso. Tienen muy arraigado en su interior el sentimiento de pertenencia a un grupo y la importancia de compartir.

Probablemente nosotros volvamos a nuestras vidas y nos dejemos llevar por el ritmo habitual de esta sociedad del mal llamado primer mundo pero sabemos que algo ha cambiado dentro de nosotros, como una semilla que brota y brota y no parará hasta hacerse más grande. Ahora sentimos que Madagascar también es nuestro hogar y esperamos encontrar la manera de seguir ayudando y colaborando para mejorar la vida de estas personas y conseguir que no se apaguen nunca esas sonrisas. Queremos agradecer de todo corazón a Acción Baobab su cariño y acogida, y la labor tan hermosa y tan necesaria que realizan en este país. Para nosotros son una referencia y un ejemplo a seguir, porque nos hacen creer en los sueños y en que un mundo mejor es posible. Gracias.

Leire e Imanol

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