La jaula dorada

La jaula dorada

Cae la noche, con su oscuro manto que todo lo cubre. Me arropo, me susurro que mañana será un buen día. En la comodidad de mi jaula dorada no existe el color. Afuera hay fieras que custodian la entrada y la salida. Todo está bien organizado para que nada cambie.

Pero en mi habitación hay un pequeño orificio en la pared por donde entra a veces un halo de luz. Esa luz que huele a oxígeno, que se cuela en mi cabeza y siembra en ella pensamientos de otros mundos. Inunda mi cuarto de preguntas sin respuesta, de ganas de explorar.

Un día más tropiezo, me dicen otra vez lo que tengo que ser. Me dicen cómo debo comportarme. Me indican cuando tengo que hablar y cuando tengo que callarme. Pero mi alma se enfurece, y grita por dentro. A veces siento que no puedo contenerla más. Sigue gritando. Quiere salir, allá donde las nubes son de otros colores, allá donde mis piernas quizás puedan correr sin que nadie detenga mis pasos. Necesito vivir, libre, a mi manera.

Esta cárcel de oro me está ahogando. Que no, que no encajo aquí. Que no quiero hacer más crucigramas. Que mi mundo es más grande, que tengo fuerza, que no quiero cambiar lo que soy para que te guste. No quiero que anestesies mis ganas de vivir. No quiero estar calladita y bien sentada. Quiero correr, y gritar, y mancharme las manos. Quiero sentirme viva.

Afuera suena una música, afuera hay barcos que navegan por el cielo y olas de nubes que se van deshaciendo como algodones de azúcar. Yo sé todo esto. Lo sé porque lo he visto en mis sueños. Y quiero salir a bailar y cantar con los pies descalzos. No tengo miedo a lastimarme. Mi mayor miedo es tener que quedarme encerrada aquí, sin que nada pase.

Así que salgo temblorosa una noche sin luna. Cuando las fieras se acercan siento deseos de echar a correr y refugiarme de nuevo en las sombras. Pero el miedo me paraliza. Así que respiro. Y mientras voy respirando las fieras van haciéndose cada vez más pequeñas. Y descubro entonces que no pueden lastimarme. Camino débilmente hacia la salida con la compañía de ambos, el valor y el miedo, tomando mis manos. Frente a mí el horizonte, inmenso, como un espejismo, aguardándome.

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