Primera etapa desde Bilbao: ¡buenos días mundo!

Primera etapa desde Bilbao: ¡buenos días mundo!

Salimos de nuestra casa en Getxo a las 7 am y cogemos el metro en la estación de Bidezabal dirección Bilbao. Me siento como una niña que ha robado la caja de las galletas.Un escalofrío, mezcla de acojone y de emoción me recorre la espalda.Sé que está sucediendo algo grande.

He tomado cientos de veces este metro para ir al centro de Bilbao a trabajar o a ver a mis padres o a mis amigas. Pero esta vez es diferente. Somos conscientes de que hasta dentro de un año no volveremos a tomar el metro de vuelta a casa. Una sensación de irrealidad me envuelve y siento que camino con los ojos vendados, como flotando entre la niebla. 

Nos bajamos en la parada de San Mamés, que efectivamente tiene el mismo nombre que el estadio de fútbol del Athletic de Bilbao. De hecho la famosa «catedral» se encuentra a pocos pasos de la estación de metro. Pero en vez de dirigirnos a ella, caminamos hacia la recién estrenada estación de autobuses de Bilbao , más conocida como Termibus. Antaño era una estación situada al mismo nivel del suelo y excesivamente pequeña para la afluencia de viajeros. Ahora la nueva estación intermodal tiene dos pisos subterráneos , y mucho más espacio. Casi parece que estamos quitándole el precinto y cortando el lazo rojo, como si la hubieran estrenado a posta para nosotros.

Intentamos montar en el autobús de la compañía Flixbus pero el conductor nos señala un autobús de la compañía Eurolines que según nos explica ha sido comprada por Flixbus oficialmente desde ayer. Aunque nos ha costado solo 9 euros el billete desde Bilbao a Bordeaux, el autobús es espacioso y cómodo. Además va prácticamente vacío por lo que podemos tumbarnos y estirar los brazos y las piernas. Son las 8 de la mañana y apenas hemos dormido por los preparativos y los nervios.

Conforme el autobús avanza vamos dejando atrás las luces de Bilbao amaneciendo y siento que tengo que pellizcarme para creer que no volveré a verlas hasta dentro de un año y que entonces muchas cosas habrán cambiado dentro de nosotros. Muchas vivencias, muchas experiencias que ahora no puedo ni imaginar. Siento un nudo en la garganta al pensar que no veré a mi familia durante todo ese tiempo y deseo poder encojerlos a todos y meterlos en el bolsillo de mi chamarra. Sin embargo sé que viajan con nosotros en este autobús, siento con fortísima intensidad su amor, como una energía muy potente que me abarca por completo, me abraza y me arropa.

Imanol y yo nos miramos y descubrimos las mismas sensaciones en el otro. Emoción, incredulidad, incertidumbre. De pronto nos enfrentamos al folio en blanco, tenemos ante nosotros un mapa que recorrer y una sensación de libertad indescriptible. El mapa esta vacío y nosotros podemos pintarlo como queramos, como más nos guste. Nos espera la vida como un gigantesco bocadillo y vamos a devorarlo a bocados. 

El trayecto de Bilbao a Bordeaux se nos hace muy corto principalmente porque aprovechamos para recuperar las horas de sueño perdidas.  Yo de vez en cuando me despierto, miro por la ventanilla y me pellizco para comprobar que lo que está sucediendo es real. Me siento como una oruga que después de semanas de preparación, consumiendo energía, ilusión y dedicación para generar la crisálida y desarrollar sus tejidos, por fin, una mañana cualquiera , en un movimiento tan ligero y sutil como un abrir y cerrar de ojos, despliega las alas y vuela por primera vez . Meses y meses de preparación, para que en una décima de segundo todo suceda. Es curiosa la percepción del tiempo. Todo puede pasar en un segundo. Y aquel sueño que un día soñamos como quien dibuja dragones en un cuaderno, está ocurriendo en este preciso y precioso instante.

Llegamos a la estación de Bordeaux de Saint Jean a las 13h. Medio dormidos aún, bajamos del autobús y agarramos nuestras mochilas para dirigirnos a la parada de autobús que nos llevará a Merignac, a casa de nuestros amigos Celia y Aaron. Merignac es una ciudad de unos 68000 habitantes que forma parte del Burdeos metropolitano y  alberga el aeropuerto internacional de Bordeaux. Nos lleva algo más de 50 minutos llegar a Merignac desde la estación de Saint Jean y unos 10 minutos más a pie hasta casa de Celia y Aaron.Allí nos recibe Celia con su sonrisa cordobesa y su pequeña bebé de solo 3 meses a la cual hasta este momento solo conocíamos por fotos y vídeos de WhatsApp. Nos hace una ilusión tremenda empezar este viaje visitándoles, porque son amigos a quienes apreciamos mucho.  Celia y yo compartimos piso en 2010 en Canterbury (Reino Unido) durante nuestro Erasmus. Desde entonces hemos mantenido nuestra amistad y es sin duda lo más bonito que me llevo de mi experiencia británica.

Celia nos recibe con su preciosa bebé Cora que es como un dibujo animado interactivo. Bueno y también con un platazo de espaguetis con berenjenas, cebolla y tomate que devoramos como si no hubiera un mañana. Pasamos la tarde hablando de nuestras cosas, recordando anécdotas y jugando con la pequeña Cora. Celia nos cuenta un montón de cosas que no sabíamos sobre el embarazo, el parto y los cuidados de los bebés. Por ejemplo no teníamos ni idea de que a los bebés se les quitan los mocos con unos aparatos llamados sacamocos que antes eran peras de goma como las de los laboratorios. Ella de pronto ha recibido super poderes de madre y es capaz de comer, charlar con nosotros, atender el móvil y acunar el carrito de Cora con el pie simultáneamente. La miro y me asombra esa calma natural con la que hace las cosas, como si llevara en su mente tatuada como un mantra la frase «hakunamatata». Todo sale bien, no hay que agobiarse, la vida provee. Ella hace sencillas y bonitas las cosas cotidianas, pinta de colores la vida. De hecho Celia y Aaron son unos artistas en el sentido literal de la palabra. Su casa es como un museo para los amantes de los dibujos.

Aaron llega a casa después del trabajo y trae consigo pizzas para la cena. No sé vosotros pero nosotros somos del club de los fanáticos de la piña en la pizza. Es un tema bastante polémico que despierta odios y pasiones por igual. En este caso además de trozos de piña también lleva pollo y salsa con curry. Está increíble.

Comemos, reímos y me quedo a ratos embobada cuando Aaron agarra a Cora con una mano y la hace volar por los aires como Spiderman. Ella hace como diez gestos diferentes al segundo, sonríe, frunce el ceño, pone cara de sorpresa, vuelve a fruncir el ceño… me pregunto qué torrente de emociones pasa por su cabeza. Debe ser muy excitante el cerebro de un bebé. Me hace pensar en qué momento de nuestro desarrollo perdemos esa espontaneidad y asombro ante la vida mientras observo cómo ahora se mira su diminuta mano y es consciente por primera vez de su existencia. Supongo que el mindfulness que he estado practicando últimamente consiste en esto, en volver a ser como bebés, desaprender, renacer al mundo con los ojos nuevos.

Cierro los ojos y pienso en mi familia y en mis gatos. Ya les echo de menos. Es la primera noche de muchas fuera de casa y la nostalgia me aprieta la garganta como un nudo de corbata. ¿Estarán bien? Lanzo al universo un suspiro y caigo finalmente rendida ante el sueño.

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