Köln: la sombra de la guerra

Köln: la sombra de la guerra

Llegamos a Köln como ya es habitual, en un mítico autobús verde de la compañía Flixbus. En el trayecto conocemos a una chica moldava muy maja que viaja a Bonn a hacer wwoofing en una granja durante un par de semanas.

Para quien no lo conozca, WWOOF es una red internacional de organizaciones que facilita el intercambio entre voluntarios que están dispuestos a trabajar a cambio de alojamiento y comida, y productores que precisan ayuda en sus granjas orgánicas. ¿Te imaginas viviendo y trabajando 2 meses en una granja orgánica en Australia? Pues como decía Tom Fitzgerald, si puedes soñarlo, puedes hacerlo.

En esta ocasión nosotros no vamos a hacer wwoofing sino couchsurfing, otra opción genial para moverse por el globo terráqueo conociendo de cerca el modo de vida y las costumbres locales. Además, el viajero consigue alojamiento gratis y el anfitrión conoce personas de todas partes del mundo sin moverse del sofá. Está ya todo inventado, ¿eh?

Nuestro anfitrión es Andreas, un chico alemán muy simpático. Nos recibe sonriente con su camisa negra y su pelo engominado hacia atrás, como si acabara de regresar de una cita. Su moderno apartamento está a solo 10 minutos andando del centro de Köln y está exquisitamente decorado con lámparas de diseño y alfombras orientales que ha comprado en algunos de sus viajes.

Como gesto de agradecimiento por su hospitalidad, le cocinamos un cuscús con verduras. Mientras cenamos, hablamos un poco de nuestras vidas. Nos cuenta que está aprendiendo español y entonces nos percatamos de los pequeños post-its amarillos repartidos por toda la casa con el nombre duplicado en alemán y español: «el grifo», «la vela» , «el cepillo»… Me parece adorable.

Andreas ha viajado mucho y nos da algunas recomendaciones sobre qué visitar en Irán e India, países que conoce bastante bien. Nos enseña fotos, e incluso nos deja unas guías de Lonely Planet por si queremos investigar un poco más. También nos muestra los sitios más interesantes que visitar en Köln.

Aunque no es la primera vez que hacemos couchsurfing, me sigue impresionando la bondad y la hospitalidad de las personas que nos encontramos. Sin duda es un buen aliento de esperanza para recobrar la fe en la humanidad.

Dormimos en un colchón hinchable en el salón, junto a un aparador repleto de botellas de bebidas espirituosas, un libro de pintura de mandalas de estilo tibetano y algunas plantitas de interior.

Al día siguiente Andreas se marcha temprano a trabajar. Es una pena que no pueda acompañarnos en nuestra visita por la ciudad. No obstante, se ha tomado la molestia de dejarnos el desayuno preparado e incluso una llave de su apartamento, por si quisiéramos dejar las mochilas y volver más tarde a buscarlas.

Siento el abrazo bondadoso del mundo rodeando mi espalda. Es maravilloso comprobar que existen personas que sin conocerte de nada confían en ti plenamente y te dan las llaves de su casa. Estamos siendo auténticos testigos de la generosidad humana e intuyo que en este viaje vamos a vivir muchos momentos como este.

Me gustaría que nuestra particular cruzada fuera precisamente esa: devolver un poco la fe en la humanidad. Demostrar que el bien siempre vence al mal, que el camino siempre es el amor. Si creyéramos firmemente en esto, si volviéramos a pensar en colectivo en lugar de centrarnos en nuestros intereses individuales, la palabra imposible dejaría de existir en el diccionario.

Lamentablemente nos han tatuado a fuego la creencia de que para dar a los demás debemos recibir algo a cambio. Tanto es así que a veces desconfiamos de las buenas intenciones de los demás, y nos preguntamos: «¿Qué querrá conseguir con esto?»

Pero el individualismo es solo una ilusión. La realidad es que todos estamos interconectados, todos formamos parte de una inmensa red y lo que hagamos para la red lo hacemos para nosotros mismos.

Aunque se nos han pegado un poco las sábanas, decidimos aprovechar las horas de luz que nos quedan. Anochece a las 4:30 pm y queremos conocer un poco la ciudad. Nos acercamos a un café que nos ha recomendado Andreas. Se llama 25 hours y tiene una decoración que bien podría servir como colección de un museo: sofás de extravagantes formas y colores , espejos superpuestos, objetos espaciales…

Tomamos el ascensor que nos conduce a la última planta. La combinación de haces de luz y espejos crea un efecto óptico que me hace sentir que estoy entrando en Matrix. De pronto las puertas se abren y aparecemos en un bar con terraza que ofrece una vista panorámica de la ciudad.

Con más de 2000 años de edad, Köln es la ciudad mas antigua de Alemania y la cuarta ciudad más grande (algo más de un millón de habitantes). Su ubicación a orillas del río Rin y en el centro de las principales rutas comerciales propició su desarrollo cultural y económico. En la actualidad es famosa por ser la sede del carnaval más importante de Alemania.

Tras disfrutar de las vistas, nos dirigimos a la estación (Köln Hauptbahnhof) donde tomaremos el tren a Núremberg. A unos pocos metros se alza imponente la espectacular catedral de Köln. Comenzó a construirse en el año 1248 pero tardó más de 600 años en ser concluida. Es patrimonio de la humanidad desde 1996.

La catedral de Köln es imponente, amenazante. Sus torres ascienden hacia el cielo puntiagudas como afiladas lanzas. Su semblante oscuro me atrapa con sus negras garras. Pareciera que en ella perdurara la sombra de la guerra.

En cierto modo, así es. Durante la segunda guerra mundial, el 90% del centro de la ciudad fue destruido. La catedral sufrió grandes daños pero logró mantenerse en pie. Fue testigo de una ciudad completamente devastada, y tal vez la amargura y el horror de la guerra quedaron para siempre reflejados en ella.

En el interior de la catedral de Köln se dice que reposan los cuerpos de los tres reyes magos, transportados desde la catedral de Milán en 1164. Sea como fuere, sus vidrieras de colores y sus inabarcables columnas de piedra reflejan la importancia histórica de esta catedral. De hecho su construcción comenzó tras el reconocimiento de Köln como ciudad santa junto con Jerusalem, Constantinopla y Roma.

A los pies de la catedral nos topamos con un mercado navideño. El ambiente está muy animado. Un tendero alemán muy majo nos acerca una bandeja con galletas de jengibre para que las probemos. Agradecemos el gesto e intercambios algunas frases amigables con él.

Por fin llegamos a la estación, paragüas en mano, y agradecemos tener un techo donde cobijarnos y apoyar nuestras pesadas mochilas. Es entonces cuando, frente al panel de información de salidas, vemos caer como una losa el mito de la impecable puntualidad alemana. Nuestro tren llega con una hora de retraso.


Felices con la noticia , como cuando atrasan la hora, aprovechamos para comer tranquilos en la sala de espera de la estación. El tiempo pasa volando y en menos de lo que canta un gallo estamos montados en el tren despidiendo Köln desde la ventanilla del vagón. Observo cómo los colores se entremezclan y las siluetas de los edificios se diluyen en la oscuridad de la noche. Rumbo a Núremberg nos espera un nuevo lienzo en blanco.

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