La cara imperial de Viena

La cara imperial de Viena

Son las 13:30 cuando el tren nos deja plantados como dos postes en la estación de Viena. Llevamos cuatro horas y cuarto sentados en el vagón y sienta bien estirar las piernas. Nos encaminamos a la dirección que nos ha enviado Namy, nuestro nuevo amigo de Couchsurfing.

De padres iraníes, Namy se ha criado y ha vivido siempre en Viena. Su casa está muy bien ubicada, a solo treinta minutos andando del centro. Tocamos el timbre y tras un giro de picaporte aparece Namy con gesto apacible y sonrisa bonachona. 


Namy tiene 24 años y estudia Educación Social. Compagina sus estudios con nada menos que dos trabajos. Algunos días como monitor en un centro de acogida de menores. Otros, en un cine alternativo de Viena, de estos que ponen películas de cualquier tiempo y espacio en versión original. Incluso a veces proyectan cine mudo mientras un pianista ameniza las escenas. Namy nos cuenta que lamentablemente casi no tienen clientes y que el cierre definitivo del local es casi una muerte anunciada. Una pena que solo se fomenten películas americanas en las que hay más efectos especiales que argumento. Le preguntamos cómo es que trabaja tantas horas y nos cuenta que en Viena es legal trabajar hasta 60 horas semanales. 


Namy es tan amigable y desprende tanta energía positiva que enseguida le cogemos cariño. Su carácter calmado y apacible transmite mucha confianza. Es como si nos conociéramos de toda la vida.


Conocemos también a Mirjam, la pareja de Namy. Con solo 19 años, es un terremoto de energía y de alegría. Mirjam es un claro ejemplo de la multiculturalidad de Viena. La mayoría de sus familiares son albaneses excepto su abuela que es chilena y su padre que es israelí. Curiosa mezcla. Nos cuenta que su padre fue soldado del ejército israelí y combatió contra los palestinos. Hoy en día ha cambiado su mentalidad y es pacifista.


Dormimos en un sofá cama realmente cómodo. Encima de nuestras cabezas están colgados sobre la pared al menos una docena de instrumentos. El padre de Namy los fabrica artesanalmente. La mayoría de ellos son setar y kamancheh, instrumentos de cuerda típicos de Irán. También junto al sofá hay un instrumento que parece una cazuela abollada. Nunca antes había visto algo así. Namy nos explica que es un instrumento de percusión metálico con el que se pueden crear unas melodías geniales sin necesidad de acompañamiento. Se llama handpan y cuesta alrededor de 2000 euros. Me gusta su sonido relajante, me recuerda a la música de meditación.


Durante nuestra estancia en casa de Namy compartimos buenos ratos con él y con Mirjam. Jugamos a juegos de mesa como «7 wonders» y las cartas Magic, nos enseña cómo tocar el handpan y nos cocina lentejas y torrijas. Lo pasamos tan bien y nos sentimos tan a gusto que nos da una pena tremenda despedirnos de ellos. El último día, Namy, que es un amor de persona, nos deja una cajita sorpresa llena de galletitas de jengibre en nuestra bolsa con una nota en la que nos desea toda la suerte del mundo en nuestro viaje. Cuando la descubro, al día siguiente, me arranca una sonrisa del pecho. Qué suerte encontrar en el camino personas tan extraordinarias. Esto es lo que te queda al final de todo. Puedes contemplar monumentos grandiosos y paisajes paradisíacos pero la huella indeleble la marcan las personas. 


Se abre un nuevo día y con ojos perezosos me dispongo a preparar un buen tazón de avena con miel y frutas. Hay que empezar la mañana con energía. Imanol se ha quedado rezagado en el salón y de pronto me llama sobresaltado. ¡Corre, asómate a la ventana! ¡Está nevando! Sonreímos como dos niños pequeños mientras las motitas de nieve blancas se deslizan sobre la verde hierba del jardín. Parecen cachitos de cielo bailando en el aire. Es la primera vez del año que nieva en Viena y también la primera de nuestro viaje. Amanece y con este regalo invernal tan bonito Viena nos da los buenos días. 


Caminamos por Ringstraße, una de las avenidas más concurridas de Viena. En ella se encuentran muchos edificios importantes como la Universidad, el Ayuntamiento, el teatro Burgtheater, el Parlamento, la Iglesia Votiva y los Museos de Historia del Arte e Historia Natural. En este último se encuentra la famosa Venus de Willendorf, una venus paleolítica datada entre 28.000 y 25.000 a. C. Fue hallada en 1908 en Willendorf (Austria) y se ha convertido en uno de los símbolos más famosos del feminismo y la fertilidad.


Nos adentramos en las anchas calles vienesas hechizados por los elegantes edificios palaciegos y los carros de caballos. Las fachadas están ornamentadas con esculturas, columnas y arcos. Todo está ostentosamente decorado, como queriendo rememorar un pasado glorioso. Y es que durante el siglo XIX Viena llegó a ser la cabeza del gran Imperio austrohúngaro que abarcaba los actuales países de Austria, Hungría, Eslovaquia, República Checa, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Eslovenia así como algunas regiones de Italia, Polonia, Rumanía y Ucrania. 


Nos dirigimos al Palacio Imperial de Hofburg, residencia de invierno donde la dinastía de los Habsburgo reinó durante más de 600 años. Está compuesto por más de una docena de edificios, plazas, patios y jardines. Actualmente es la residencia del presidente de la República de Austria. Visitamos los apartamentos imperiales (20 salones abiertos al público con buena parte de la decoración y mobiliario original) y el museo Sissi que narra la trágica vida de esta famosa emperatriz. También visitamos la espectacular Biblioteca Nacional y la iglesia Agustinkirche.


Contemplamos toda esta opulencia con una mezcla de fascinación y horror. Tantas riquezas acumuladas en un escaparate. Y tantas personas sin hogar ni un cacho de pan que llevarse a la boca. Tanto a Imanol como a mí nos genera un debate interno entre conservar estas obras de arte o utilizarlas como moneda para construir un mundo más equitativo y justo. A fin de cuentas cada columna que sostiene este palacio fue construida a costa del sufrimiento de otros que fueron invadidos, saqueados y torturados. Así sucede siempre en la historia, para que haya ricos, también tiene que haber pobres. ¿Y quién está dispuesto a rebajar su nivel de vida para que esto cambie? 


Una de las figuras más representadas en Viena es el emperador Francisco José (más conocido como Franz Joseph I). Este señor fue el último monarca de Austria y reinó durante nada menos que 67 años bajo los principios del absolutismo. Extremadamente religioso, estaba convencido de que la dinastía de los Habsburgo había sido designada por Dios como instrumento para garantizar el orden en la tierra. 


Casi tan famosa como él fue su esposa Isabel de Baviera (más conocida como Sissi). Tras su muerte a manos de un anarquista italiano, su vida se convirtió en un guión de película para muchos directores de cine bajo el lema de «la princesa desdichada». Verdad o mito, la historia cuenta que esta mujer nunca logró acostumbrarse a la falta de libertad y el protocolo de palacio y, tras la pérdida de dos de sus hijos, se hundió para siempre en una terrible depresión.


Lo más misterioso de todas estas intrigas palaciegas es la muerte de Rodolfo, el hijo varón que habría sido sucesor de la corona. Aunque la versión oficial dice que se suicidó, hay quien apunta a que fue asesinado debido a sus ideas liberales y su aversión por la iglesia y los privilegios de la aristocracia.


Si bien estas historias nos suenan a cuentos de la Edad Media, la realidad es que la monarquía sigue existiendo en pleno siglo XXI en algunos países. Reyes y reinas que ahora ya no leen pergaminos sino smartphones, y ya no viajan en carruajes sino en yates y jets privados. Eso sí, por el bien de todos.



Paseando entre calles nos topamos con el original reloj Anker. Es un reloj de estilo Art Decó construido entre 1911 y 1914. La peculiaridad de este reloj es que a las doce del mediodía doce personajes históricos de Viena desfilan sobre el puente en el que está situado al compás de música clásica.


De pronto entre las casas aparece la silueta de Stephansdom, la espectacular catedral de Viena. Con sus cuatro torres apuntando al cielo y su tejado recubierto de azulejos de colores no deja indiferente a nadie. Es imponente, preciosa, impresionante. Por dentro tampoco defrauda. Está repleta de cuadros, esculturas, columnas con figuras esculpidas en la piedra, varios altares y capillas con reliquias de incalculable valor. Una cálida luz lo baña todo de un color dorado. Me quedo pasmada contemplándolo todo con una mezcla de asombro e incredulidad. Supongo que el cielo debe parecerse a esto. 


Un elemento curioso de la catedral es la campana más conocida como Pummerin que fue construida con los cañones abandonados por los turcos durante su último asedio en 1863. Además, en las catacumbas de la catedral se ha enterrado durante siglos a reyes, obispos e incluso pueblo llano. Lamentablemente hasta en el momento de la muerte hay clases. Mientras los restos mortales de unos descansan en vasijas reales, los huesos de otros están apilados en osarios. 


Cada 5 de diciembre, el réquiem de Mozart suena en la catedral para recordar a este genial compositor austríaco cuya boda y funeral se celebraron aquí. Y es que Viena es también la meca de los amantes de la música clásica. No es para menos. Compositores como Franz Schubert, Johann Strauss I y II, Beethoven, Mozart y Joseph Haydn vivieron y compusieron algunas de sus más impresionantes obras en Viena. Una de las más famosas es el vals del Danubio Azul, compuesta en 1867 por Johann Strauss hijo en la calle Praterstrasse 54. Esta y otras muchas residencias han sido convertidas en museos.


Mientras caminamos por las calles de Viena resulta fácil imaginar esa época dorada en la que Viena llegó a ser un centro cultural, artístico, político, industrial y financiero de primer orden. La aristocracia se paseaba en grandes carruajes por la Ringstraße, se reunía en los lujosos cafés vieneses y asistía a la ópera para deleitarse con el espléndido vals vienés.


Hoy en día la ciudad, volcada en el turismo, permite al visitante derrochar dinero por doquier. Puedes montarte en un sinuoso carruaje tirado por caballos maltratados, alojarte en un hotel de lujo o comprar un souvenir con la cara de la emperatriz. Avenidas repletas de luces navideñas y marcas prestigiosas invitan a consumir y aparentar. Por todas partes se ven billetes con patas. Mucho dinero. Mucha tontería.


Camino de la ópera, decidimos pasar por el Hotel Sacher, lugar de invención de la que dicen es la tarta de chocolate más rica del mundo. Este hotel tiene una cafetería que bien podría ser un salón de Palacio, y en la que se sirve la famosa tarta. Pero para degustarla hay que seguir todo un protocolo real. 


Nos colocamos en la cola señalizada con una elegante alfombra roja y pasamos un poco de frío vienés, para ir abriendo el apetito. A nuestro lado hay una chica japonesa que no para de atusarse el flequillo en el espejo, como si fuera un pony. Después de unos interminables minutos que parecen horas nos recibe una mujer vestida como la sirvienta de aquel juego de mesa de «La herencia de Tía Ágata», con cofia incluida. A pesar de nuestra indumentaria de Quechua la mujer nos invita a entrar y con exquisitos modales nos dirige al guardarropa donde otra mujer con idénticos ademanes reales nos recoge el abrigo. Sonrío interiormente ante tanto desparpajo de arte dramático.


Tras todo este ritual nos colocan en una mesa donde por fin podremos degustar la famosa e inigualable tarta Sacher. Ya me estoy imaginando el suave y esponjoso bizcocho vienés en mi boca cuando de repente vemos el precio de la carta. ¡8 euros por un trozo minúsculo de harina con chocolate! Levantamos nuestros proletarios traseros y abandonamos el local. Estará muy rica la tarta pero no acostumbramos a masticar dinero.


Terminamos saciando nuestra glotonería en el café Aida, que también vende la dichosa tarta pero mucho más barata. Algunos amigos nos han dicho que está incluso más rica que la original. Después de probarla podemos deciros que no decepciona, aunque yo me sigo quedando con la tarta de chocolate que hace mi madre. Cuando queráis os sirvo un trozo por la mitad de precio XD.


Llegamos por fin al edificio de la Ópera de Viena, uno de los más importantes dentro del mundo musical. Después de tantos años viendo el famoso concierto de año nuevo por televisión, nos hace mucha ilusión ver una obra aquí, en vivo y en directo. Además, nos han dicho que en la parte izquierda del edificio hay una taquilla donde se pueden conseguir entradas por 3 y 4 euros. Hay que ir dos horas antes de la función y buscar un letrero que dice «Standing Room». Allá vamos. 


Después de unos cuarenta minutos de cola conseguimos entradas para ver «La Flauta Mágica», una de las mejores obras de Mozart, y nuestra preferida. ¡Menuda suerte!


Las entradas son de pie, en la ultimísima fila del balcón de la última planta. Dado que el espacio no es muy amplio, la gente se amontona y nos colocamos casi hombro con hombro. Pero no nos importa, nos sentimos victoriosos. 


La ópera es un ejemplo perfecto de la sociedad de clases. Puedes encontrarte a una señora con tres bisones sobre los hombros y dos pedruscos en las orejas, o puedes toparte con dos perroflautas como nosotros vestidos con botas de monte y térmicas de Quechua. Igual que en la calle, en la Ópera de Viena no existe etiqueta. Pero a pesar de esa aparente mezcla, cada uno ocupa su lugar. Unos nos hacinamos en el gallinero y otros observan la función en primera fila. Cuánto más dinero, más cómodamente disfrutas del espectáculo. Como la vida misma.


Verdaderamente me da pena que la ópera se haya convertido en algo tan elitista. Los precios de las entradas son tan elevados que este arte queda restringido a unos pocos. Es una lástima. Pienso que el arte debería ser libre. De todos y para todos.


Me dejo llevar por el festival de notas musicales y las voces vibrantes que resuenan en la sala decorada con rojo, oro y marfil. Qué afortunados somos de estar aquí disfrutando de los placeres mundanos. ¿Qué más se puede pedir?

Siento cómo mi cuerpo se expande y flota por los aires mientras la música me envuelve en una armonía perfecta. De vez en cuando Imanol y yo nos miramos y sonreímos con complicidad. ¿Está pasando de verdad? 


Casualidad o causalidad, la historia de la Flauta Mágica tiene mucho que ver con nuestro viaje de autodescubrimiento. En la obra los protagonistas han de superar una serie de pruebas para encontrar el camino hacia la felicidad. Me pregunto cuántas aventuras nos aguardan y sonrío con la certeza de que al final, como dice el gran Mozart, el bien siempre triunfa sobre el mal 🙂

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Imanol y Leire, os deseo toda la suerte para que podais seguir disfrutando y valorando cada momento de este apasionante viaje en el que me teneis enganchada. Un abrazo de la madre de Manolo (Sevilla-Taiwan).

    1. Muchas gracias por seguirnos Pilar, un abrazo enorme para ti también! 🙂

Comentarios cerrados.