El anillo del rey (Viena II)

El anillo del rey (Viena II)

«Había una vez un rey que, preocupado por el futuro de su reino, mandó fabricar un anillo con un mensaje que pudiera socorrerle en los momentos difíciles.

Poco tiempo después, su reino se vió invadido y cuando se hallaba atemorizado por el enemigo, sacó el anillo y leyó el mensaje: «esto también pasará».

Las palabras del anillo tranquilizaron al rey y su ejército logró reconquistar el reino. La riqueza y la abundancia se multiplicaron.

Mientras el rey celebraba la victoria en palacio, un sabio se le acercó y le pidió que leyera de nuevo el mensaje del anillo: «esto también pasará».

El rey, que hasta ese momento estaba eufórico, sintió de nuevo la calma y comprendió. Tanto lo malo como lo bueno son transitorios.»

Este pequeño cuento popular me sirve para ilustrar la otra cara de Viena. Y es que el rey del cuento bien podría ser el emperador Franz Joseph I, quien pasó de gobernar un imperio de 50 millones de súbditos, a perderlo todo.

Sucedió en 1914 cuando la inestabilidad imperial y el asesinato a manos serbias del sobrino de Franz Joseph I y futuro heredero, provocaron el estallido de la I Guerra Mundial.

Finalizada la guerra con la derrota de Austria-Hungría y sus aliados, se inicia una revolución en Viena que pide el fin de la monarquía. Así es como en 1918 nace la I República de Austria.

Y es que si bien el pasado glorioso del antiguo imperio aún perdura en las calles de Viena, también se respira la corriente del cambio. Nuevos tiempos y nuevos edificios pintados con arco iris de colores reivindican la libertad de amar y hacen de Viena una de las ciudades europeas que mejor acoge al colectivo LGBT. Observo las pancartas y banderas multicolores con un sabor agridulce. Dulce porque hoy más que nunca estamos reivindicando y visibilizando un tema que sigue afectando a nuestra sociedad y que para muchos aún es tabú. Agrio porque anhelo el día en el que ya no sea necesario gritarlo a los cuatro vientos, sencillamente porque se haya naturalizado por fin.

Lamentablemente en muchos países aún se infunde un modelo de relación único, un marco restrictivo que solo contempla el amor entre un hombre y una mujer. Todo lo demás se considera pecado. Bajo este yugo social, muchas personas continúan sufriendo el rechazo y la burla. Se les tilda de enfermas y pervertidas. Son señaladas, acusadas y castigadas. Y en el terrible abismo de la soledad y la incomprensión, se ven obligadas a vivir con el miedo, la culpa y el dolor por el simple hecho de amar.

Frente al edificio del ayuntamiento vemos un árbol con decenas de corazones colgados de las ramas. Me resulta muy poético pensar que el amor es como un gran árbol que da frutos para todos. No importa tu procedencia, tu sexo, tus ideas. Todos tenemos la capacidad de amar y ser amados. Todos somos imperfectamente perfectos. El amor nos conecta entre nosotros y a la tierra. Nos hace parte del mismo todo. Infinitos, eternos. Deseo con fuerza que comprendamos de una vez que el amor no puede ser motivo de odio, ni materia de leyes.

Nos acercamos a visitar el mercado Nachmarkt. Un universo multicultural en el centro de Viena. A un lado y a otro nos rodean pequeños puestecillos atiborrados de comidas exóticas: especias, frutas deshidratadas, quesos, encurtidos… Hablamos con los sonrientes tenderos que nos van explicando qué es esto y aquello. Algunos son griegos, otros egipcios, otros indios… Nos encanta el ambiente. Además, casi todos nos ofrecen comida para que piquemos y compremos algo. Los precios son baratos y hay mucha variedad. Finalmente salimos de allí con la tripa llena y una bolsita de bolitas de falafel con hummus de mango que será nuestra comida del día.

Muy cerca del mercado se encuentra La Secesión de Viena. Es un pabellón construido para exponer las obras del grupo de artistas de la Secesión, un movimiento modernista conducido en 1897 por 19 artistas vieneses que reivindicaba romper con los estilos del pasado y cuyo primer presidente fue el famoso pintor Gustav Klimt. Este sin duda es otro símbolo del cambio en Viena. Sobre la puerta de la entrada puede leerse: «A cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad».


Las obras de Klimt están distribuidas entre varios museos pero la mayor colección se encuentra en el museo Belvedere de Viena. En él se expone el cuadro más famoso de Gustav Klimt: El beso. Por supuesto para mí contemplar en vivo y en directo esta obra es una visita obligada.

Aunque el encuentro no es tan idílico como esperaba (tengo que luchar con hordas de guiris armados con teléfonos móviles para llegar hasta él), el cuadro me impresiona sobremanera. Tiene algo mágico, es como un imán que te atrapa y no puedes dejar de mirarlo. Los colores brillantes, las formas, el gesto del beso en la mejilla que para mí simboliza el amor puro y un manto dorado cubriéndolo todo como queriendo hacer divino lo humano, como tratando de manifestar que el amor triunfa y reina sobre todo lo demás. Por otro lado la obra despierta emociones contradictorias, es como un pulso entre la sexualidad y la inocencia, entre el ying y el yang. Algo que resulta atractivo y provocador. Es sencillamente perfecto.

El museo se encuentra enclavado en el Palacio Belvedere, un complejo formado por dos majestuosos edificios de estilo barroco rodeados de fuentes y jardines. No es casualidad que la palabra «Belvedere» signifique «mirador». Desde la parte superior se pueden contemplar unas preciosas vistas de la ciudad.

Durante nuestra estancia en Viena nos movemos principalmente en bicicleta y en patinete. Otra señal del cambio, esta vez hacia una sociedad más respetuosa con el medio ambiente. La ciudad cuenta con numerosos carriles bici y es muy habitual ver a personas de cualquier edad desplazándose en patinete a lo Marty McFly. Además, tan solo cuesta 1 euro registrarse para alquilar bicis y la primera hora es gratuita.

Decidimos asomarnos a ver el mítico río Danubio por primera vez. Yo me lo imagino casi con aguas turquesas y cisnes blancos bailando el vals. Sin embargo aparecemos frente a una zona semindustrial bastante fea y apartada. A veces la imaginación nos juega malas pasadas… El río totalmente antropizado está atravesado por puentes sobre los que circulan trenes y camiones. Casi se ve más hormigón que agua. Es la antítesis de la estampa romántica que tenía en la cabeza.

Resulta irónico pensar que la mayor parte de los turistas no visitan esta zona, sino un canal artificial que fue construido para desviar el río hacia el centro de la ciudad. Para qué vamos a acercar las casas al río si podemos mover el río de sitio, ¿verdad? Nos empeñamos continuamente en transformar la naturaleza a nuestro antojo. Y en nuestro caprichoso empeño, destruimos ecosistemas y alteramos el equilibrio natural provocando inundaciones, sequías, pérdida de flora y fauna… Me cuesta comprender por qué maltratamos de esta manera la mano que nos da de comer, la casa que nos acoge, nuestra propia tierra. Más aún sabiendo que es posible reducir nuestro impacto y convivir de un modo mucho más respetuoso. ¿Será que nuestros gobernantes quieren abocarnos hacia el suicidio colectivo? ¿Exterminar el planeta? ¿Arrasar con todo hasta que no quede nada? Y cuando no quede nada… comeremos dinero, por supuesto.

Está atardeciendo y de pronto las siluetas de los árboles sobre las aguas del Danubio parecen encenderse con las llamas anaranjadas del sol. El cielo nos lanza un mensaje de esperanza en medio de este escenario gris. No existe luz sin oscuridad. Como iniciando un ritual, nos ponemos a bailar sobre el puente mientras tarareamos la canción del Danubio Azul. Cierro los ojos y por un instante siento que estoy en casa.

En nuestro camino de regreso pasamos por el parque de atracciones más antiguo del mundo, más conocido como Prater. Se abrió al público en 1895 y aunque parte de las atracciones han sido restauradas, conserva un encanto especial de otra época. Me resulta cómico imaginar a Franz Joseph I montado en la noria… ¡cómo cambian los tiempos!

En cierto modo la vida es como esa noria de más de 60 metros. A veces sientes que estás arriba, que tocas el cielo con las manos. Desearías detener el tiempo para disfrutar eternamente de este presente perfecto. Para no envejecer, para no perder a los seres queridos, para no enfrentarte a un futuro desconocido e incierto. Otras veces apenas puedes levantar un palmo del suelo. La oscuridad te envuelve por completo. Hundida en la amargura sientes que el tiempo no avanza. Pero el tic tac del reloj no se adelanta ni se atrasa. Continúa girando incesantemente como una noria. Todo llega, todo pasa. Nadie puede profetizar lo que le depara el futuro pero sí que podemos exprimir el presente. Aceptar lo que venga como un regalo pasajero. Vivir con mayúsculas, sin miedo al fracaso porque no hay mayor derrota que no haberlo intentado. Escribir una historia que supere las barreras del tiempo. Que permanezca y se inmortalice en nuestra memoria. La historia de nuestra vida. 

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    Esta entrada tiene 2 comentarios

    1. ¡Qué guay el parque de atracciones! Si ya tenía ganas de ir a Viena ahora más! Y excepcionales las metáforas que os cálzais en cada paso del camino!! La noria de la vida, sí señor! Envidia la mía de las vueltas de noria que vais a dar en este añito de experiencia vital que tal vez cundan como 10 juntos de la miserable rutina del resto de los mortales :-p
      Y gracias por permitir que os acompañemos en este viaje!! Deseando leer el siguiente post 🙂

      1. Muchas gracias guapa! Nos hace mucha ilusión que viajéis con nosotros. Un abrazo enorme!!! 🙂

    Comentarios cerrados.