Budapest II: del odio al amor

Budapest II: del odio al amor

Después de timarnos en el metro e intentar cobrarnos el doble por una cabina en los baños Széchenyi, nos llega la tercera anécdota de Budapest. Hemos contactado con un chico de Couchsurfing para alojarnos con él esta noche, pero no da señales de vida. Así que terminanos durmiendo en un hostel, en una habitación compartida con un ruso y un belga. Y así es como comienza, sin pretenderlo, nuestra larga noche de vigilia mientras el ruso sueña que está en medio de un combate con un oso pardo boxeador. Con cada doble giro y patada, mi litera que está justo debajo tambalea y chirría. Soy pacifista pero os juro que me entran ganas de estamparle la almohada en la cara.

A medida que avanza nuestro viaje, al igual que el caballero de la armadura oxidada, nos vamos desprendiendo de algunas cosas que creíamos necesarias, pero que no lo son tanto. Descubrimos que se puede vivir con muy poco y que, de hecho, esa ligereza material nos aparta piedras del camino para apreciar con el corazón las cosas verdaderamente importantes. Así es como terminamos en la oficina de Correos de Budapest tratando de enviar 6,5 kilos de «por si acasos» frente a una señora que no sabe inglés y maneja un ordenador de la edad de piedra. Con mucha paciencia y lenguaje de signos conseguimos salir victoriosos casi una hora después.

Budapest, tal y como la conocemos, se constituye en 1873 con la unificación de las ciudades de Buda y Óbuda en la orilla oeste, y Pest en la orilla este del Danubio. Su época de esplendor sucede durante el reinado de los Habsburgo, quienes la convierten en la joya del imperio austrohúngaro. A lo largo y ancho de la ciudad de Budapest se pueden encontrar muchas referencias a la emperatriz Elisabeth, más conocida como Sissi. Plazas, esculturas y calles llevan su nombre. Esto se debe al rol decisivo que desempeñó para que Hungría fuera declarado en 1867 un reino soberano no supeditado a Austria.


Callejeamos por el animado barrio de Pest hasta llegar a la basílica de San Esteban. Recibe el nombre del primer rey de Hungría: Esteban I. De hecho, en el interior de la basílica se encuentra la mano momificada de este monarca al cual se atribuye la conversión de Hungría al catolicismo. Y no solo eso, también se halla la tumba del famoso futbolista húngaro Puskas, casi un semidios para los habitantes de Budapest y para muchos fans del Real Madrid.

Muy cerca de la basílica, observamos una escultura de un simpático hombrecito con bigotes. Se trata de un policía bien entrado en carnes que según dicen otorga buena suerte a quien toca su panza. Concretamente se dice que si tocas su barriga puedes comer hasta hartarte sin engordar.

Sin pensarlo demasiado me abalanzo sobre la panza de bronce y restriego mi mano un par de veces con absoluta devoción. Para los locales, la estatua es también un símbolo de la cocina tradicional húngara, con platos tan famosos como el goulash (un guiso de carne y verduras) o los lángos (unos panecillos fritos que se pueden untar con mantequilla, ajo, tomate, queso o jamón). 

Paseamos por las calles abarrotadas de turistas y puestos de artesanías. De pronto nos sorprenden dos imponentes figuras. A un lado se yergue el majestuoso palacio Gresham, hoy día reconvertido en un lujoso hotel. Al otro aparece ante nosotros el puente de las cadenas, uno de los más emblemáticos de esta ciudad que conecta los barrios de Buda y Pest.

Antes de su construcción, los habitantes tenían que cruzar el río en barcazas. En invierno era aún más complicado y solo los más intrépidos lograban alcanzar la otra orilla, caminando sobre la superficie helada. A finales de la Segunda Guerra Mundial, este puente fue destruido por los nazis mientras huían de las tropas soviéticas. Fue reconstruido e inaugurado en 1949.

Una zona muy interesante para conocer el pasado más oscuro de Budapest es el barrio judío. Recorriendo sus calles descubrimos numerosas sinagogas. La más destacable es Dohány, conocida por ser la segunda sinagoga más grande del mundo. Con una capacidad para casi 3.000 personas, fue destruida por los nazis y posteriormente reconstruida entre 1991 y 1998.

Un escalofrío me recorre la espalda al imaginar que en estas calles por las que ahora transitamos fallecieron miles de judíos. Sucedió a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando 70.000 judíos fueron trasladados a un gueto de 0,3km2 bajo el mando del partido húngaro de la Cruz Flechada. Posteriormente fueron deportados a campos de concentración. No logro comprender por qué un pueblo que ha sufrido tanto repite la misma historia con otros. Me hace recordar a todos esos palestinos que a día de hoy continúan viviendo en campos de refugiados, mientras el mundo mira para otro lado.

¿Acaso el ser humano está destinado a cometer siempre los mismos errores? Puedo entender que los altos cargos de un país ambicionen dinero y poder. Pero las personas de a pie, que combaten, que matan y mueren, no lo hacen por dinero, lo hacen por convicción. ¿De veras somos tan manipulables? Nos lavan el cerebro con las dos armas políticas más importantes que existen: el odio y el miedo. Y lamentablemente donde el odio germina, solo se engendra más odio.

Por suerte, en algunas guerras también hay héroes. Y no me refiero a aquellos que arrebatan vidas inocentes en nombre de una bandera o un himno. Por mucho que Hollywood nos inyecte el nacionalismo y el militarismo en vena. Me refiero a héroes de verdad, como Ángel Sanz Briz, un aragonés que logró salvar la vida de más de 5.000 judíos otorgándoles pasaportes españoles falsos. Curioso que este señor no se estudie en los libros de historia. Quizás deberíamos replantearnos quiénes queremos que sean nuestros héroes.

¿Sabías que Budapest tiene su propia estatua de la libertad? Se encuentra muy cerca de la ciudadela y no tiene nada que ver con América. Fue construida por el régimen soviético tras expulsar a los nazis de Hungría.

Lo irónico del asunto es que esta supuesta liberación no fue tal. Los mismos húngaros que celebraron la llegada de las tropas soviéticas y el ansiado fin del régimen nazi, pronto vieron desmoronadas sus ilusiones. Así de convulsa es la historia. Tras la dominación romana, otomana, austríaca y nazi, llegaron los soviéticos para imponer una dictadura durante más de 40 años.

Caminamos por la elegante avenida Andrassy hasta situarnos delante de un edificio enmarcado en negro. Es el museo del terror, una visita imprescindible para conocer más acerca de la dictadura comunista en Hungría.

El interior del edificio es oscuro y tétrico. Es evidente que ha sido maliciosamente diseñado para intimidar al visitante y provocarle aún más terror. Conmigo, lo consiguen. Me siento como un ratoncito atrapado en una rueda y por más que lo intento, no consigo encontrar la salida. Algo así como en Ikea, pero sin bombillas. 😂

En un punto del recorrido nos dirigen sin previo aviso hacia un ascensor que va bajando angustiosamente, milímetro a milímetro, hacia el sótano del museo donde se encuentran las antiguas cárceles soviéticas. Caminamos a palpas con los ojos vendados y la voluntad quebrada, sin saber qué nos espera al otro lado, con la tensión de nuestro cuerpo en estado de alerta.

La exposición no es muy objetiva pero es interesante para descubrir la otra cara de los «salvadores» soviéticos. Explica cómo Hungría fue convertido en una colonia para servir y garantizar los intereses de la Unión Soviética. Se instauró una dictadura comunista persiguiendo, encarcelando o ejecutando a cualquier persona considerada un peligro para el régimen. Miles de húngaros fueron deportados a campos de trabajos forzados denominados gulags. Trabajaban en minas, carreteras, diques y todo tipo de construcciones. Algunos murieron debido a las inhumanas condiciones de vida y de trabajo.

Una de las esculturas de la ciudad que más nos llamó la atención rinde homenaje al joven estudiante Peter Mansfeld, considerado uno de los mártires de la revolución húngara de 1956. La escultura representa a un joven precipitándose al vacío. Es el símbolo del movimiento popular que hubo en Hungría contra el régimen comunista y que comenzó como muchas otras revoluciones, con manifestaciones de grupos estudiantiles. Aunque el joven Peter terminó siendo torturado y ejecutado por el régimen soviético, sus acciones sumadas a las de muchos otros activistas sembrarían las semillas del cambio.

Otra figura destacada de la revolución húngara fue el político comunista Imre Nagy. Abogaba por un comunismo democrático que garantizara la libertad de expresión y rompiera con los lazos soviéticos. Aunque fue ejecutado debido a sus desavenencias con el régimen, sus ideas también inspiraron y motivaron el cambio.

Finalmente en 1989 el telón de acero cayó propiciando el fin del régimen soviético. Hungría jugó un papel decisivo en la historia, dando los primeros pasos hacia la unificación de «las dos Europas». Lo hizo abriendo por primera vez sus fronteras con Austria, en un encuentro que se conoce como el picnic paneuropeo. Frente al museo del terror se puede ver un trozo del muro de Berlín, un regalo de agradecimiento de Alemania al pueblo de Hungría.

También se pueden ver unos paneles informativos con motivo del 30 aniversario de la caída del muro. En ellos se menciona un partido político en concreto, como líder del proceso de cambio. Probablemente esto pase inadvertido para cualquier turista que visite el museo sin cuestionarse demasiado la información. Pero a nosotros nos sonó un poco raro y decidimos investigar. Resulta que el personaje que se muestra como héroe del momento es el actual presidente del país Viktor Orban, y su partido, que era minoritario entonces, se encuentra actualmente en el poder y ha financiado este museo para adoctrinar a la población. Digo, para educarla, claro.

En medio de todo este caos, de masacres, de odio y de tragedias, Budapest abre los ojos a nuevas perspectivas. Una oleada de juventud y alegría invade los rincones más alternativos de la ciudad. Señal de ello es la pequeña isla que se encuentra en las aguas del Danubio. En ella se celebra anualmente uno de los festivales culturales y musicales más grandes de Europa: Sziget. Desde opera hasta hip hop, cine, exposiciones o sesiones de yoga, todo es bienvenido en este festival.

SZIGET Festival – Budapest, Hungary» by globalstomping is licensed under CC BY-NC-SA 2.0 

Nos detenemos ante la fachada de un edificio medio derruido y enmarañado con plantas y elementos decorativos un tanto extraños. Empujo el viejo portón de madera y de pronto nos encontramos dentro de un bar que más bien parece una casa okupa de Berlín. Se trata de Szimpla Kert, uno de los más famosos «ruin pubs» de Budapest. Son edificios en ruinas que han sido decorados con objetos reciclados, graffitis y muebles estrafalarios.

Entrar en Szimpla Kert es como colarse en un cuadro surrealista de Dalí. Espejos rotos, maniquíes desnudos, cabeceros de cama, cadenas, un potro de gimnasio, relojes, puertas que no conducen a ninguna parte… Todo es posible, todo vale. Objetos que podrías encontrarte en un contenedor, aquí son parte de la decoración, son arte. 

Para mí los ruin pubs representan la esencia de Budapest. El fuerte contraste entre la riqueza del viejo imperio y la miseria de tantos edificios en ruinas. Una ciudad que se debate entre la gloria y la decadencia. Que acepta la belleza en todas sus formas y expresiones. Que convive con lo sagrado y lo cotidiano. Que toma cerveza en una bañera rota mientras escucha canciones de jazz. Una ciudad que no acepta cánones y normas. No le resta valor a lo roto y lo usado, sino que lo eleva. Abraza la esencia de las cosas con aceptación y alegría.

Es esperanzador comprobar que aún quedan mentes optimistas. A pesar de los incesantes esfuerzos del gobierno y de los medios de comunicación por generar miedo y odio, aún existen personas que ven la belleza en medio de la decadencia. Que nos recuerdan que estar alegre en estos tiempos es ser rebelde. El miedo nos paraliza mientras que la alegría nos mueve a la acción. Sólo por eso, sonríe. Posiblemente la alegría sea la máxima forma de reivindicación y nuestra mejor contribución al mundo.

Nuestros últimos días en Budapest los pasamos en casa de un couchsurfer muy simpático llamado Laszlo. Su casa está en un barrio residencial de chalets con jardines a las afueras de la ciudad. Llegar hasta ella resulta toda una odisea. Google Maps nos tiende una trampa y andamos durante casi una hora con nuestras mochilas a cuestas hasta llegar a una falsa dirección. En el momento de máximo cansancio y abatimiento, un padre y su hijo pequeño se acercan sonrientes hacia nosotros. Y como dos ángeles caídos del cielo nos llevan en su coche hasta la puerta de casa.

Laszlo es informático y también amante del cine francés. Tiene una pantalla enorme instalada en el salón para ver películas. Durante nuestra estancia, no coincidimos mucho por diferencias horarias, pero es muy amable y hospitalario con nosotros. Nos cocina una especie de tortellini con salsa de remolacha y duerme durante dos noches en el sofá para cedernos su cama. Una vez más me quedo muda ante la hospitalidad y el cariño de la gente. Como dijo Antoine de Saint Exupery, el amor es la única cosa que crece cuando se reparte. Esta es nuestra revolución. Si has de creer en algo, cree en el amor. Hagamos que siga creciendo hasta abarcar el mundo.

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