Belgrado: memento mori

Belgrado: memento mori

Hoy toca día de viaje. Nos trasladamos de Budapest a Belgrado en autobús. No sólo vamos a abandonar Hungría sino también la Unión Europea. Esto significa que no tendremos datos móviles así que tiraremos de wifi y volveremos al viejo método de pedir indicaciones a la gente local. En estos casos solemos utilizar Maps.me, una aplicación que te permite descargar mapas de ciudades y utilizarlos offline. También es muy útil Moovit, que te muestra información en tiempo real de los horarios, frecuencias y localización del transporte público en países de todo el mundo.

Teóricamente el recorrido de Budapest a Belgrado requiere unas 6 horas. O eso nos han dicho. Porque cuando llevamos 5 horas atascados en la frontera empezamos a sospechar que el viaje va a alargarse un poco más de la cuenta… 😂 El retraso se debe a que muchas familias se desplazan por las vacaciones de Navidad.

Después de 11 horas de viaje llegamos por fin a la estación de autobuses de Belgrado. Son las 7 de la tarde pero parece noche cerrada. La primera toma de contacto con la capital serbia nos impresiona bastante. Sus edificios grises contrastan con la multitud de construcciones derruidas, calcinadas y reducidas a escombros. El impacto de la guerra sigue latente en esta ciudad que muestra abiertamente y sin complejos sus heridas.

Llegamos a casa de Zoran, un chico serbio muy agradable que vive como a veinte minutos del centro en autobús. Es alto, corpulento y luce una coleta que revela su espíritu rockero. Durante nuestra estancia compartimos conversaciones muy profundas con él acerca de la vida, los sueños, el futuro… Su carácter está perturbado por un aroma triste y melancólico. Luce esa mirada de quien para su corta edad ha vivido ya demasiadas cosas. Como aquella vez que lanzaron una bomba a solo 200 metros de donde él estaba jugando al baloncesto. Lo mismo sucede con Belgrado. Quizás la guerra perdura imborrable en las miles de vidas que acoge en su seno esta ciudad.

A Zoran le gusta mucho la fotografía y está intentando dedicarse a ello. Sueña con viajar a Estados Unidos, «la tierra de las oportunidades», donde su hermano trabaja como bailarín profesional. Lamentablemente debido a su nacionalidad no lo tiene tan fácil para entrar en el país.

A la mañana siguiente cambiamos 10 euros que son 1.150 dinares serbios (RSD) y nos disponemos a conocer el centro de la ciudad. Zoran no puede acompañarnos pero nos deja una tarjeta para viajar en autobús mucho más barato. 

Tomamos el bus urbano que nos conduce entre anchas calles y edificios grises descomunales. Hoteles, empresas, bloques de viviendas, rotondas, más bloques de viviendas. Siento que atravesamos un desierto totalmente estéril y me produce una sensación de tristeza y vacío.

Por fin abandonamos la ciudad nueva para adentrarnos en el corazón del casco antiguo de la ciudad. Las calles se hacen más estrechas y el ambiente mucho más animado con multitud de tiendas y gente paseando de acá para allá. Sin embargo, la estampa sigue siendo bastante desoladora.

No os voy a engañar, Belgrado no es un destino de vacaciones idílico. La triste y derruida capital serbia ofrece un panorama bastante desalentador. Edificios calcinados y derruidos son parte principal del escenario. Y es que Belgrado ostenta el título de ser la ciudad que más veces ha sido destruida, un total de cuarenta. Prácticamente todas las generaciones que conviven hoy en día en un hogar han vivido los horrores de la guerra.

El último conflicto armado sucedió entre 1998 y 2001 debido al deseo de independencia de la región de Kosovo. En 1999, EEUU decidió intervenir y apoyado por la OTAN bombardeó durante casi 3 meses varios objetivos, entre ellos, Belgrado. Por primera vez se utilizó como excusa aquello de «intervención humanitaria» para justificar una invasión militar. Este pretexto sería utilizado de nuevo por EEUU para atacar otros países como Irak y Siria. Fue una auténtica masacre contra militares y civiles que causó miles de muertes. Actualmente los habitantes de Belgrado aún sufren problemas de salud debido al uranio empleado durante aquel bombardeo.

¿Pero por qué sacrificaría EEUU las vidas de sus soldados y sus recursos armamentísticos por una causa humanitaria en otro país que le es completamente ajeno?

Convenientemente, EEUU obtuvo vía libre para instalar una base militar en Camp Bondsteel (Kosovo), un punto geográfico estratégico capaz de alojar a 7.000 soldados estadounidenses. Casualmente además en esa zona se han hallado reservas de petróleo y gas natural. Además el ataque debilitaba a Serbia, un gran aliado de Rusia. Qué oportuno todo, ¿no?

Aunque en 2008 Kosovo declaró su independencia, no está plenamente reconocida por todos los países. De hecho, aún existe tensión entre serbios, albaneses y kosovares por la disputa de este territorio.

Como dos cuadros abandonados en un rincón, ya nadie habla de Serbia ni de Kosovo. En una guerra no existen vencedores. Todos terminan perdiendo. Y ellos lo perdieron todo. Pero ya no interesa hablar de esto.

Hoy en día Serbia es un país empobrecido cuyos habitantes malviven para llegar a fin de mes. Muchos no pueden acceder a los medicamentos que necesitan. Apenas hay empleo, los precios han aumentado y los salarios son muy bajos. Kosovo no está mejor. Se ha convertido en una ciudad artificial colonizada por 40 mil soldados de la OTAN donde se encuentra una de las mayores redes de contrabando de droga, prostitución y tráfico de armas de Europa. Este es el verdadero resultado de la «intervención humanitaria»…

Caminamos por Knez Mihailova, la calle peatonal más concurrida de Belgrado. A ambos lados vemos tiendas, bares y restaurantes. El ambiente está bastante animado. De hecho, esta ciudad es famosa por su agitada vida nocturna con infinidad de pubs, clubes y restaurantes con música en directo. Algunos de ellos están situados en pequeñas embarcaciones amarradas permanentemente a orillas de los ríos Danubio y Sava. Se conocen como «splavs». También son famosas las kafanas, un tipo de taberna tradicional que originariamente constituía el punto de reunión de políticos, economistas, escritores, científicos y artistas.

Impacta mucho el contraste entre los edificios deteriorados con ventanas rotas, piedras desgastadas, paredes ennegrecidas… y las calles adornadas con elementos de decoración navideña. La ciudad parece seguir su vida como si nada, sin reparar en esas fachadas medio rotas, sin tratar de ocultar unas heridas que intuyo que todavía sangran. Es como si fuera consciente de que la vida es efímera y no quisiera malgastar ni un solo segundo de su tiempo en mirar atrás o plantearse el futuro. No siente apego por el sufrimiento ni por los placeres instantáneos y pasajeros. Simplemente sobrevive, simplemente respira. Y con eso basta.

Paseamos por Kalemegdan, un recinto fortificado que constituye el núcleo original de la ciudad. En el interior de estos muros se asentaron por primera vez los celtas en el siglo III a C. Desde el fuerte se pueden contemplar unas magníficas vistas de la ciudad nueva, la ciudad vieja y la confluencia de los ríos Danubio y Sava.

La estratégica ubicación de la ciudad en el punto de intersección entre Europa occidental y oriental fue la culpable de que Belgrado fuera conquistada a lo largo de la historia por celtas, romanos, hunos, sármatas, ostrogodos, ávaros, otomanos… Cuenta la leyenda que la tumba de Atila, el más poderoso rey de los hunos, se encuentra en algún lugar de esta fortaleza.

Otro dato interesante, al hilo de lo anterior, es que Belgrado es una de las ciudades más antiguas de Europa. A sólo 30 minutos en coche del centro se han hallado evidencias arqueológicas de un asentamiento de hace al menos 5000 años. Corresponde a Vinča, la civilización más antigua de Europa y una de las más prominentes durante la Edad de Bronce. La cultura Vinča era bastante avanzada para su época, incluso tenía un alfabeto propio, que se considera uno de los más antiguos del mundo.

Nos movemos por el interior del recinto amurallado y atravesamos un pequeño pasadizo. De pronto nos vemos rodeados de tanques. No entiendo de material bélico pero el número me resulta intimidante. Pareciera que el gobierno serbio quisiera hacer alarde de su fuerza. La colección forma parte de la exposición exterior del museo militar de Belgrado que se encuentra a unos pocos metros.

Parece mentira pero a pesar de haber vivido tantas desgracias como consecuencia de la guerra, la mayoría de la población de Belgrado es ultranacionalista y militarista. Es como si soñaran con la idea de reconquistar la antigua Yugoslavia del mariscal Tito. Este dictador es considerado tanto héroe nacional como villano entre la población serbia. Mantuvo Yugoslavia unida durante más de 60 años, desde el final de la II Guerra Mundial hasta su muerte en 1980. Con la muerte de Tito y la caída del comunismo, Yugoslavia quedó fragmentada en diversas regiones. Debido a diferencias étnicas entre serbios, croatas, bosnios y albaneses, estas regiones terminaron separándose mediante las guerras de Yugoslavia.

Frente al museo militar observo todos esos tanques y carros de combate y me pregunto por qué. Todo está impregnado de violencia y odio. Todo recuerda a la guerra pero con orgullo, como si quisieran decir al visitante, aquí estamos, nos mantenemos en pie, esta es nuestra armada. Resulta lamentable pensar que uno de los mayores pilares de nuestra economía capitalista es la industria armamentística. Solo EEUU y Rusia venden más de la mitad del armamento mundial. España por su parte se situa como el séptimo país exportador de armas a nivel mundial. Por qué. Para qué. Para defendernos de quién. Parece ser que provocar conflictos resulta muy lucrativo, ¿no os parece?

A falta de claveles tomo una hojita de arce del suelo y la coloco en la boca de uno de los cañones. Imagino por un momento un mundo de paz donde el bienestar de las personas y la convivencia fraternal están por encima del egoísmo y la avaricia. Sueño con ese día en el que por fin desaparezcan las armas y logremos entendernos con las palabras.

Tal vez el mundo es demasiado complicado para que yo consiga entenderlo. Pero francamente hago mía la frase de que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Tanta dependencia, tanta independencia. Tanto discurso. Tantas ideas de odio y de enfrentamiento. Que si yo soy mejor que el vecino por haber nacido en esta tierra. Que si me merezco más. ¿Acaso no nos damos cuenta de que todos somos ciudadanos del mundo? El hecho de haber nacido en una tierra no nos hace mejores que nadie. De hecho, el planeta no tiene fronteras, nosotros las hemos creado artificialmente. Y en un mundo cada vez más globalizado, creo que carecen de sentido.

Sin embargo, abundan los discursos de miedo y de odio. ¿Os dais cuenta? Divide y vencerás. Es el truco más viejo del mundo. Manipulan los medios de comunicación, la publicidad, los mensajes políticos. Nos sumergen en un mundo de negatividad e inseguridad, y nos meten a fuego unas ideas en la cabeza hasta tal punto que consiguen que algunas personas den incluso su vida por defender esas ideas. Pero lo cierto es que todo es una gran mentira. Un arma de manipulación para lograr lo de siempre: dinero y poder.

Este mundo está gobernado por el dinero. No lo controlan los gobiernos, lo controlan las multinacionales. Los recursos como el petróleo o el gas. Las ideas son solo una excusa para movilizarnos como a un rebaño. Sin embargo, es urgente que recordemos el poder que tenemos. Václav Havel lo denominaba «el poder de los sin poder». Tenemos la responsabilidad de vivir en la verdad y de evitar convertirnos en marionetas políticas. Nadie puede jugar una partida de ajedrez sin fichas.

De vuelta a la realidad, nos acercamos a un puesto callejero para comprar un cinnamon roll. Es básicamente un rollito de hojaldre, canela y azúcar que nos quita a la vez el hambre y el frío. Quisimos probarlo en Budapest pero era muy caro. ¡Aquí nos cuesta la mitad! Belgrado es en general una ciudad muy barata en comparación con otros países europeos. Una comida puede costar unos 4 euros.

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Nos dirigimos a la Plaza de la República que alberga el Museo Nacional, el Teatro Nacional y la estatua ecuestre del príncipe Mihailo Obrenovic III, quien liberó a los serbios del dominio otomano. Nos llama la atención la cantidad de edificios soviéticos intercalados con numerosos carteles y anuncios de Coca cola y papá Noel 😂

Muy cerca de la plaza se encuentra Skardalija, la calle más bohemia de Belgrado. Adentrarse en ella es olvidarse por un momento de las tristes ruinas de la ciudad y deleitarse con la música de las terrazas y el colorido de los murales que adornan las fachadas. Además se pueden encontrar numerosas galerías de arte y restaurantes muy variados. Aunque los precios son más elevados y los turistas son asiduos en esta zona, merece la pena una visita.

Entre las casas de fachada triste nos llama la atención un edificio de tejados rojiblancos. Es el mercado Zeleni Venac. Recorremos encantados los pequeños puestecillos de frutas y verduras, disfrutando del ambiente tan local y auténtico. La gente nos sonríe y nos pregunta de dónde somos. Incluso nos dicen alguna palabra en español, casi todas relacionadas con fútbol. Algunos saben inglés, otros no. Pero todos hacen el esfuerzo de comunicarse con el lenguaje más universal que existe: la sonrisa.

Resulta paradójico que nuestra primera sensación al poner un pie en Belgrado fue justamente lo contrario: inseguridad y desconfianza. Y sin embargo, las gentes de Belgrado nos demuestran cuán equivocados estábamos. Son las personas más simpáticas que hemos conocido en estas semanas de viaje. A veces nos apresuramos en juzgar a los demás pero las cosas no siempre son lo que parecen.

Para poner el broche de oro a nuestra excursión, nos encaminamos a la famosa iglesia ortodoxa de San Sava. Está a solo media hora a pie pero está atardeciendo así que intentamos acortar tiempos tomando un autobús de línea. Y así es como comienza nuestra cómica aventura del día.

Me acerco a un conductor de autobús y con lenguaje de signos le pregunto qué número debemos tomar para llegar a San Sava. El hombre derrochando amabilidad no solo nos indica el número, sino que se baja del autobús que está conduciendo en medio de un semáforo y nos acompaña hasta la parada. Después saca un bolígrafo y me repite de nuevo el número 95 escribiéndolo en el dorso de mi mano.

Cuando llevamos un rato en el autobús empezamos a sospechar que algo no va bien. El cielo hasta ahora pintado de un azul eléctrico, comienza a cubrirse de nubes anaranjadas. Queda poco para que el sol se esconda entre las columnas de edificios que cubren el horizonte. Y nosotros seguimos metidos en un autobús que cada vez se aleja más de nuestro destino.

Bajamos del autobús y acompañados por un grupo de señoras muy simpáticas tomamos el tranvía para desandar lo andado. Pero nos equivocamos de número. El tranvía empieza a dar vueltas como un scalextric y terminamos en un barrio marginal de Belgrado, en la otra punta de la ciudad. Así es la vida. A veces tenemos tanta prisa por llegar que descuidamos los detalles importantes.

Tras cuatro transportes y hora y media de meditación espiritual llegamos por fin a la iglesia de San Sava. Por supuesto, de noche. Con sonrisa triunfal atravesamos la puerta de entrada y nos topamos con una lona enorme de plástico que lo cubre todo. No puedo creerlo. La iglesia no se puede visitar porque está en obras.

La situación es tan cómica que no podemos parar de reír. Tantos esfuerzos persiguiendo algo que era imposible desde el inicio. Un espejismo, un espectro.

Estamos a punto de marcharnos con las manos vacías cuando a mí me da por curiosear un poco por uno de los laterales de la iglesia, con la esperanza de poder asomar la vista entre los plásticos. Y entonces veo unos escalones que descienden hacia una cripta.

Como Alicia persiguiendo al conejo desciendo la escalera con curiosidad. Y entonces lo encuentro. El tesoro dorado del rey Midas está justo aquí, delante de mí. Casi tengo que frotarme los ojos y pellizcarme el brazo para creerlo. Subo corriendo los escalones de dos en dos para contarle a Imanol lo que he descubierto. Y así terminamos los dos embobados contemplando la cripta de San Sava, recubierta de lámparas, altares, frescos y columnas doradas. Impresionante. Si la cripta es así, me pregunto cómo será la iglesia.

Y así es como el viaje de nuevo nos enseña otra valiosa lección. Como alquimistas cegados por la fiebre de la avaricia, tratamos inútilmente de convertir las piedras en oro. Nos obcecamos persiguiendo un imposible. Nunca está bien, nunca es suficiente. Ambicionamos más. Padecemos insatisfacción crónica. Exigimos demasiado a la vida.

¿Pero qué pasaría si simplemente dejáramos de pedirle a la vida? Esta ciudad nos ha regalado una frase «memento mori». Para poder vivir, aprende a morir primero. Aprende a ser agradecido. A ser más humilde. A no esperar nada. A dejar de apegarte al pasado o al futuro, al sufrimiento o al placer. Deja de resistirte, deja de tratar de controlarlo todo. Y simplemente acepta, con los brazos abiertos.

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